Todo está guardado en la memoria

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Para Taller de Expresión I; consigna: describir una foto de tu infancia. 

Hay una foto que tengo pegada en mi pared a la que quiero mucho. Era invierno en Río Gallegos, ciudad donde pasé mi infancia; yo tenía cuatro o cinco años, no más que eso. Estábamos en mi plaza favorita, la San Martín, y hacía mucho frío. Había nevado, lo cual era una rareza, y habíamos decidido salir a jugar un poco.

En el centro de la foto estamos nosotros: mis hermanos, mi mamá y mis abuelos. Yo supongo que mi papá estaba sacando la foto, porque no está, pero bien podría haber sido alguien que pasaba por ahí. Mi mamá está con los rulos incontrolables al viento como siempre, tapada hasta el moño. Lis está como más tiernamente lo recuerdo: pelado y paletón; Valen, chinita como de costumbre, con su pelito negro hasta el hombro. Y yo -qué raro- estoy haciendo monerías y mirando para cualquier lado. Tengo puesta mi campera blanca y estoy peinada (aunque bastante despeinada) con dos colitas. No me caben dudas de que seguramente tuvieron que pegarme un par de gritos para que me acomode y me quede quieta al instante de sacar la foto: era parte del ritual.

Sin duda alguna, lo que más me gusta de esta foto es que están mis abuelos. Ellos habían venido de visita y recuerdo que no podía contener mi alegría. Era una ocasión especial. La verdad es que no venían muy seguido: era caro, lejos, y ellos eran jubilados. Eso sí, cuando venían, me levantaba muy temprano e iba corriendo a saltar en su cama y despertarlos; después me llevaban al jardín y más tarde a jugar en la plaza. Eran esas esporádicas dosis de mimos que nos encantaba recibir.

La foto en sí tiene un contraste bellísimo entre el verde que se asoma de los árboles y el blanco de la nieve que había intentado taparlo todo. Se nos ven las caritas de frío y también las ganas de sonreír a pesar de tener la cara congelada. Estamos bien juntitos, amuchaditos, tratando de darnos calor. Llevamos puesto todo el ejército de ropa de invierno habido y por haber: camperas gigantescas, gorro, cuellito y guantes.

Me encanta esta foto porque se nos ve muy contentos. No estoy segura de cuánto me acuerdo y de cuánto mi memoria fue inventando con el tiempo. Solo sé que años después, al ver la fecha al dorso de la foto, me di cuenta de que esa fue probablemente la última vez que vi a mi abuelo. Capaz por eso la guardo con tanto cariño.

 Dana (abril/2016)

de peqeña

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Recordando tu expresión.

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2001, más o menos. La cocina. La música al palo un domingo a las 7 de la tarde. No es parte de la rutina, descoloca. Igual que ver a mi papá bailando desaforadamente, sacándome a bailar, sacudiéndome. Gigante para mí, un héroe que ahora canta a viva voz hasta esas notas que en su registro no entran. Qué le importa. Qué me importa. Mi papá puede bailar, no es sólo traje y corbata. Es un nuevo mundo para mí, pero no lo cuestiono, y me uno. Salto, de acá para allá, de silla en silla, me subo a la mesa. Muerta de risa.

Feliz día del padre, papá.

El momento inestable.

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Ejercicio en clase, para mi taller de escritura creativa, el mes pasado.

Bueno Aires, 20 de abril de 2015.
Mi vida es diferente ahora. Me doy cuenta cuando pienso en la cantidad de minutos al día que paso en el ascensor. O tan solo con recordar que hasta hace no tanto podía contar con la mano la cantidad de veces en que me había subido a uno.
Es diferente porque hace meses que no veo una montaña. Todavía no sentí frío desde que llegué.
Es diferente porque al salir a la calle veo rostros, veo caras, veo mucha gente. Mucha gente desconocida, mucha gente apurada. Mucha gente llegando tarde a muchos lados, y ni un turista. Y ni un conocido. Muchas bolsas de compras. Muchas bicicletas. Muchas cacas de perro. Muchas cajas en la vereda.}
Es diferente porque al mirar por la ventana veo nada mas que balcones con tenders con ropa. Y edificios con trillones de ventanas y manchas de humedad en su exterior. Y la calle allá abajo, lejos; y la gente diminuta.
Soy diferente porque ahora cocino, limpio y me levanto sola. Y pago expensas. Y saco plata del cajero, y solo veo a mis papas cuando al llamarlos y escuchar sus voces mi cabeza reproduce instantáneamente sus imágenes en mi mente.

Mi vida es diferente porque de noche ya no veo ni luna ni estrellas, sino miles de luces que pretenden serlas. Y por más que trate, esos gigantes llenos de gente, llenos de tenders, llenos de ventanas… jamás serán montañas.
Y… Disculpame pero, para ir a Belgrano ¿cuál me tengo que tomar? ¿Sabe dónde puedo cargar la SUBE? ¿Sabe de qué lado me lo tomo para ir por Córdoba?

chau chau adiós

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Estoy a minutos de acostarme en mi cama, mi bella bella cama que siempre supo entender cuando necesité 5 minutos más. Mi cama desde siempre, la que se lleva el premio a la más cómoda del universo (según mi criterio). La que me perdonó las llegadas a las 7 am. Y va a ser la última noche que compartamos juntas hasta dentro de muchos meses.

Entonces me pongo a pensar y mi cabeza no se apaga: hay algo que no me deja irme a dormir. No paro de pensar en lo que está por venir. Lo inmediato: mañana me subo a un avión, pasado a otro y me encontraré en Brasil; en la ciudad de Rio para ser recibida nada más y nada menos que por mi queridísimo hermano y su amorosa novia. Lo no tan lejano: mudarme de ciudad para comenzar mi carrera universitaria.

Hace unos meses regresaba de mi más grande aventura. No tenía idea qué me deparaba el futuro. No sabía qué quería hacer, no sabía qué iba a hacer de mi vida. Estaba perdida. Poco a poco, fui encontrando distintos caminos y algunas respuestas, nuevas preguntas y nuevas certezas, viejas problemáticas…

Así pasaron los meses. Me adecué a la vida en Bariloche, aunque siempre supe que sería transitoria. Llegó el verano y volvieron las vacaciones. De repente me encontré rodeada de mi gente querida, haciendo mil planes sin descanso (ni cansancio). Me ofrecieron trabajar y sin dudarlo acepté. Y así empecé a pensar que viajar a Brasil no era tan impensable.

¡Y pensar que unos meses atrás había descartado casi por completo la idea de ir! Las oportunidades se presentan solas, hay que aprender a darles tiempo a que florezcan.

Viví muchas cosas en estos últimos meses. Admito que a veces me resulta difícil asimilarlo todo. Fue un gran verano y una parte de mi está de duelo porque termine. Así y todo, me voy feliz.

¿Lista? No lo sé. Lo averiguaré a largo plazo.

Entusiasmada sí, muy. Ansiosa, también. De los nervios ni hablemos.

Y aunque me duela pensar que voy a volver ‘de vacaciones’; que mi casa va a pasar a ser otra; que a mi familia y amigos no los voy a ver con la frecuencia que solía… tengo ganas.

Ganas de empezar de nuevo, algo nuevo, en un lugar nuevo. Ganas de largarme cuasi sola. Ganas de probar la independencia. Y de tratar, si puedo, de crecer.

2015

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Que todos los años sean como este, ¿será mucho pedir? Va a ser dificil, mis estándares han subido considerablemente. Lo bueno es que, como leí hoy en una historieta, tengo 365 oportunidades. Muchas más si dividimos el día como pre y post siesta.

Fue un año espectacular, sin lugar a dudas. Por empezar, mi experiencia en Canadá. Pero después, cuando volví, también me pasó de todo. No tuve mucho descanso que digamos. ¡Eso me alegra!

Que el 2015 sea un gran año. Pero para ello, habrá que ponerse las pilas. Uno hace del año un gran año. ¡Feliz Año Nuevo! Que sea nuevo, año ya es.

Me despido de vos, 2014. Gracias por tantas alegrías. Pienso en todo lo que viví y me emociono. ¡Qué año! Muchas nuevas experiencias, muchas primeras veces, muchos desafíos. Muchas altas, menos bajas.

2015, ¡te recibo con todo!

Poder decir adiós, ¿es crecer?

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Bueno, llegó la hora de la verdad. No puedo creer que jamás le di un cierre a esta experiencia. Perdón Dana pero, ¿es posible hacer eso? Lo dudo, ¿no? Lo dudamos, vos (Dana) y yo (Dana).

¿Que me volví loca? No, che, solo que somos dos Danas ahora. Bah, o tal vez más. Es que hay una que se fue, otra que estuvo allá y otra que volvió. Ah, y la que empezó a vivir acá de nuevo.

Pero bueno, ¿por qué complicarla tanto? Vamos con una sola Dana. Estoy segura de que estarán de acuerdo conmigo que con una sola alcanza y sobra.

La porqué no tiene muchas vueltas: mi último mes en Canadá estuvo repletísimo de actividades de todo tipo, y se me hizo imposible encontrar el tiempo y la voluntad de escribir sobre mis últimas vivencias. Desde viajes, hasta encuentros y despedidas. Muchas, muchísimas despedidas. Dolorosísimas despedidas, sí. Pero necesarias también. Supongo.

Me considero un poco dramática, valga la aclaración, pero realmente no puedo poner en palabras lo difícil que es despedirte de todo cuando sos un estudiante de intercambio. Realmente, tenés que despedirte de  t o d o. Tu familia, tus amigos. Tu casa, tu escuela. Tu lugar. Tu perro. Tu habitación. Tu ciudad, tu paisaje. Y todos tus aspectos de tu vida allá.

Tal vez por eso, durante estos cuatros meses de estar de vuelta, no pude reunir el valor para escribir una entrada de despedida. Porque son tantas las cosas que tengo que nombrar, que explicar, que compartir. Demasiados sentimientos encontrados. Pensé muchas veces en cómo iba a ser este texto. Lo edité cien mil veces en mi cabeza. Pero nunca lo puse en palabras, hasta ahora. Es difícil, muy complicado, pero acá va.

Primero, quiero hacer una especie de análisis de lo que viví. Innumerables experiencias, todas absolutamente invaluables, y más de una vez, indescriptibles. Mucha alegría y pocas tristezas. Muchas ilusiones. Aprendizaje en cada una de ellas.

Al llegar, a fines de enero, estaba perdidísima (al escribir esto me río, la Dana de ahora se ríe de la Dana de ese entonces – realmente no tenía idea de nada). Tuve, de golpe, apenas llegué, la experiencia de hacer una excursión de tres días (campamento incluido en el medio del Parque Nacional Algonquin) viajando en un trineo tirado por perros. Mágico creo que es la mejor palabra para describirlo. Así, llegada al país hacía apenas 2 días, ya estaba siendo sumergida de lleno en su belleza natural.

Porque belleza es lo que hay en Canadá. Aire purísimo, como el que tenemos acá en Bariloche. Imagínense mi felicidad al vivir en un lugar así. Tuve en muchas ocasiones la oportunidad de perderme en bosques, colinas, nieve, frío, lagos, ríos, calor.. Cataratas. Fogatas al aire libre. Campamentos. Todo eso lo fui experimentando a lo largo de los cinco meses y un poquito más en los que viví allí.

Pero además de belleza natural, Canadá tiene la cualidad de tener belleza social también. Ya hablé de esto en reiteradas ocasiones. No voy a dar un discurso de lo que es vivir en un país del Primer Mundo, voy a darlo acerca de lo que es tener la suerte de poder rodearte de gente maravillosa.

Y voy a comenzar con mi familia anfitriona. Primero: ¡qué horrible es decirles así! Mi familia canadiense, mi segunda familia. Los Verhallen. Les he dado mis agradecimientos miles de veces, pero cada vez recuerdo nuevas razones por las cuales estar agradecida.

Vamos por partes: cuando llegué, estaba muerta de miedoansiedadnerviosetc. Al que nunca vivió algo parecido: imagínate que me encontraba en un país que no conocía en lo más mínimo, entrando en una casa que tampoco conocía, pero sobre todo, a una familia desconocida. Costumbres, reglas, gente, valores.. igualmente desconocidos. Qué locura. (Ahora entiendo la preocupación que tenía mi mamá al decidir dejarme ir. Por suerte para mí, y para la tranquilidad de la mia mamma, me tocó vivir esta experiencia junto a excelentes personas).

Es extraño hablar de ellos porque nadie más que yo los conoce. Y nadie los conoce como los conozco yo. Por más que no haya sido su única estudiante de intercambio, cada experiencia es única e inigualable. Lo que me llevo de ellos también lo es. Su hospitalidad, su solidaridad, su generosidad, su paciencia. Su compromiso. Su forma de vida. Sus valores. Su cariño. Las lecciones que aprendí gracias a ellos.

Es difícil recordar todo esto sin emocionarme. Verdaderamente, uno llega a tener una vida en su país anfitrión. Y la vive tal como cualquiera vive una vida. Y es imposible no apegarse a la gente que lo rodea.

Además de familia, por suerte para mí (nuevamente), me rodeé de amigos. Compañeros de vida, o sea de tiempo y experiencias. Compañeros de recuerdos, más que nada. Gracias a ellos pude vivir el país de una manera distinta. Bien joven y divertida.

Qué tonto que suena, pero que hermoso es tener amigos. No siempre es fácil hacerlos. Era uno de mis grandes miedos a la ida. Pero al estar allá, mi mentalidad se transformó en un gran ‘no tengo nada que perder’. Así llegué a ser muy cercana con muchas personas.

Hablando de mentalidad, la mía cambió varias veces durante mi intercambio (como no podía ser de otra manera, conociéndome). Aunque ahora creo que más de una vez me hubiera servido considerar las cosas desde otro punto de vista, creo que me sirvió para estar en el lugar donde estoy parada frente a la vida el día de hoy. No hubiera llegado ha estar como estoy hoy sin todo esto.

Para resumir mi experiencia, fue una ida y venida constante. Entre idiomas, lugares y mentalidades.

Ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que fui con la cabeza llena de expectativas, deseos, miedos e incluso, por qué mentir, prejuicios. Estando allá los armé y desarmé millones de veces, y así llegué a comprender la experiencia, la gente y el país. (Al escribir esto me surge aclarar que -por si no estaban seguros- NO poseo el conocimiento absoluto de nada. Alto, no hace falta ponerse mal por mí, tampoco lo quiero).

Tal vez por eso fue tan difícil decir adiós, y escribir esta entrada. Realmente, ¿a quién se le ocurre? Despedirse así, de tantas cosas. El solo pensar que no sé cuándo voy a volver… El solo pensar que no sé siquiera si voy a volver a ver a algunas personas… El constantemente perderme en recuerdos para luego darme cuenta de que no es allá donde estoy… Es desgastante,.

Es cansador. Volví cansada. Muchas emociones juntas, sobre todo durante esa última semana. Llanto de sobra. Todo lo que no lloré durante mi intercambio (si mal no recuerdo, una sola vez. Y por un golpe), lo lloré esa semana.

Salteándome algunos meses (de lo que hablaré en otra oportunidad), llego al día de hoy. Sigo dándome cuenta de todos lo que aprendí en ese increíble viaje. Y también me doy cuenta de todo lo que aprendí después de él. Combinación de vivir la vida diaria y aplicar las valiosas lecciones que aprendí en ocasiones anteriores.

Hay tres cosas, al menos, me permiten seguir adelante y mantener una buena relación entre mi vida real de ahora y la vida soñada que llevé en Canadá.

Primero, que estaba terriblemente equivocada cuando creía que lo que extrañaba era todo lo que iba a extrañar. En otras palabras, jamás pensé que iba a extrañar tanto. Ahora bien, no es un extrañar común. Puedo escuchar en mi cabeza las palabras que mi hermano Lisandro me dijo hace unos años: “No hay que decir ‘te extraño’, sino ‘nos volveremos a ver'”. O algo así. Como que extrañar no sirve de nada. Y sí, así como servir.. no sirve. Ahora bien, he pasado por muchas etapas diferentes de extrañar. Al menos hoy, no extraño como ese sentimiento inútil, con el que no podes hacer nada. Extraño más bien como constantemente deseando que podamos volver a vernos. Y poder devolver todo lo que me dieron, mostrando a lo que toda mi vida llamé ‘hogar’ (mi casa, mi ciudad, la vida argentina). No me vengan con que es lo mismo porque no lo es.

Segundo, y conectando con el primer ‘descubrimiento’, son verdaderas las palabras que mi amiga Bea me repitió (y repite) hasta el cansancio: ‘”No es un ‘adiós’, si no un ‘hasta luego'”. ¡Y claro que sí! Está bien, no voy a volver a verme con tooooodos. Eso lo tengo asumido (aunque no me quejaría si pasara). Pero sí creo que lo haré con muchos. ¿Por qué no? Nada me lo impide. Oportunidades sobran. Soy re joven che. Posta. ¿Cómo se me ocurre pensar distinto?

Y tercero, y el más reciente. Hoy en día, se puede estar conectado con una persona que está del otro lado del mundo en tan solo segundos. Gracias a las telecomunicaciones, se puede estar cerca de alguien que está muy lejos. Me he dado cuenta de qué más que estar cerca se puede (telecomunicaciones de por medio o no) ser cercano a alguien que está lejos. Y también, sobre todo hoy en día, se puede estar lejos de alguien que tenemos al frente. Es decir, he confirmado que la distancia es relativa.


Bueno, ahí lo tienen. Lo hice. Junte valor, y lo escribí. Pude.

Ojo, esto no quiere decir que queda todo resuelto. Casi al contrario. Me queda responder una sola pregunta

¿Cambiaría algo? Sí. No. Depende qué implique. Veamos.

Sí, desearía haber sabido algunas cosas de antemano (incluyendo que eventualmente haría calor…). Tal vez así podría haber evitado cometer algunos errores. Porque es cierto: errores cometí. Algunas pequeñas cosas podrían haber salido diferente.

Ahora, eso significa que, tal como dije, algunas cosas podrían haber salido diferente. ¿Qué? No, ni loca. Perdón, pero no. Me quedo con mi experiencia, con errores y todo, porque esos errores hoy son recuerdos, son relatos. Son virtudes, enriquecieron mi aprendizaje.

La respuesta, entonces, es no.


Estoy eternamente agradecida (sí, agradecida para toda la eternidad) a todos lo que hicieron esto posible. Pará, ¿qué es esto? ¿La aceptación de un Oscar? No, perdón. Me refería, por ejemplo, a mis papás. Gracias, por haberme criado de tal forma que hubo algo en mí que tomó la iniciativa. Gracias por haber arriesgado tanto y permitir que vaya. Gracias a mi hermana por su sugerencia. Gracias a mi hermano por instalar la locura del viaje en mí. Gracias a mi familia y amigas que alentaron mi decisión. Gracias a YFU por facilitar las cosas. Gracias a todos los que conocí allá por hacer de esta experiencia una inolvidable. Gracias a todos los que me bancaron y siguen bancando a la vuelta.


pd: No voy a pedir disculpas por la longitud del texto. Lo releí varias veces y realmente todo me parece importante y sumador al relato. Hay algo que deben saber: se me hace imposible hablar poco, contar algo en pocas palabras.. doy detalles, es así.

¡Infinitas gracias por haber leído, ésta y todas las demás notas! Y a todos los que se interesaron, a lo largo del año, por mí y mi experiencia. Si alguna vez quieren hablar del tema, deben saber que estoy constantemente interesada en contar y recontar lo vivido.

Valija problems.

Minientrada

‘Qué mal que armé la valija’, un libro basado en una historia real por Dana Goin. No, en serio. Culpo a mi hermana que me ayudó a armarla por no pensar en la remota posibilidad de que algún día iba a parar de nevar. Al parecer puede hacer calor acá, casI tanto (o más) que en Bariloche.

‘I didn’t really do a great job with my suitcase’ based on a real story, by Dana Goin. Really. I blame my sister who helped me pack because she never warned me about the existing possibility that it may not snow all the time. Apparently it does get hot, even more than in Bariloche.

Cuestión, es que hace un mes y algo cuando empezaron los días lindos, me di cuenta de que traje un solo short. Y solo algunas musculosas. Y ni un solo vestido. ¿Ojotas? Pff, no. Anteojos de sol, tampoco. Ni hablar de tacos. Pero sí traje un ridícula cantidad de sweaters que usé apenas una vez, por ejemplo.

So around a month and a half ago we had a very sunny and hot day and I realized I had only brought one pair of shorts. And not many tank tops. No dresses. Flip flops? Nah. Not even sunglasses or high heels. But I did bring a ridiculous amount of sweaters that I’ve barely worn.

A veces trato de acordarme en qué estaba pensando cuando armé la valija, porque pareciera que puse empeño en armarla bastante mal. Pero bueno, es la valija que me tocó. Es la valija que me costaría llevar luego, una que tendría demasiadas cosas solamente en el viaje de ida. Es la valija que está en el piso de mi cuarto desde que llegué porque no sé donde más ponerla y que estoy ignorando desde hace unos días ya, porque no quiero ni empezar a pensar en volver a armarla. Porque armarla significa desarmar mi vida acá y no quiero- Estoy en estado de negación total y lo reconozco.

Sometimes I try to remember what I was thinking when I packed my suitcase, because it really seems like I made an effort to do it very badly. Anyways, it’s the suitcase that’s come with me. It was the one that weighted way too much for me to carry. The one that already had too many things on my way here. It’s been sitting in my room since the day I came because I had no idea where else to put it. I’ve been avoiding it for a couple days now, because I don’t want to have to pack it up again. Packing my suitcase means to pack all the things that have been part of my life here- I don’t want to. I’m in absolute denial-

Tengo 20 días más en esta vida argentino-canadiense y me está costando creerlo posible. Estoy entre triste por irme y dejar todo acá y emocionada por volver y contar lo que es. Obviamente estas ultimas semanas las quiero disfrutar a todo lo que pueda.

I only have 20 days left of my Canadian life, which seems absolutely unbelievable to me. I’m torn between being sad for leaving and excited to come back and tell everyone about my experience. Obviously my goal right now is to live my last weeks here to the best of my ability.

Eso sí, no tengo idea como voy a hacer para meter todo de nuevo en esa valija.

Honestly, I have no idea how I’m going to fit everything back into that suitcase.